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ROMA, 15 de febrero de
2008 – Para predicar en la curia romana los ejercicios espirituales de Cuaresma, Benedicto XVI ha llamado este año
al biblista Albert Vanhoye, definido por él como “un gran exegeta” y creado cardenal.
El año pasado había
llamado a predicar los ejercicios al cardenal Giacomo Biffi, otro teólogo muy estimado por él.
Uno de los más importantes
libros de teología de los últimos años, publicado recientemente en varias lenguas, es el de Leo Scheffczyk,
"Il mondo della fede cattolica. Verità e forma [El mundo de la fe católica. Verdad y forma]". También
Scheffczyk, fallecido en el 2005, fue creado cardenal. Como introducción, el libro contiene una entrevista hecha a Benedicto
XVI.
Éstos son los signos
que muestran que sigue viva una gran teología católica, en los años de Joseph Ratzinger como teólogo
y Papa.
Es una teología
profunda y sólida, pero a la vez poco ruidosa. Mucho se habla de obras más excitantes pero confusas, como el libro
de Vito Mancuso "L'anima e il suo destino [El alma y su destino]", del que www.chiesa.espressonline.it ha dado cuenta una semana atrás.
A cubierto de habladurías
semejantes, pero con gran clarividencia, por ejemplo, en Italia la editorial Jaca Book está publicando las imponentes "opera
omnia" del más insigne investigador en el mundo de la teología medieval, Inos Biffi, profesor emérito
en las Facultades teológicas de Milán y de Lugano. No hay ningún parentesco entre él y el cardenal
homónimo, quien lo tiene como amigo y lo considera sin sombra de duda alguna como el más grande teólogo italiano
viviente.
Editorialmente, Inos Biffi
es una buena y excelentísima compañía. Antes que la suya, Jaca Book ha publicado las obras completas de otros
dos gigantes de la teología católica del siglo XX: Henri De Lubac y Hans Urs von Balthasar.
Otra editorial, Città
Nuova, tiene en curso de publicación la "opera omnia" de un tercer gran teólogo de la segunda mitad del
siglo XIX: Bernard J. F. Lonergan.
Pero hay más. La
teología católica está asignando a su activo también nuevos autores y nuevos libros de primera magnitud.
Éste es el caso de Enrico Maria Radaelli, con el ensayo "Ingresso alla bellezza [Ingreso a la belleza]".
* * *
La tesis que plantea "Ingresso
alla bellezza" es que el Hijo de Dios no tiene solamente un “nombre” sino dos. Es "Logos", pero también
es "Imago"; es verbo, pero también imagen, rostro, espejo del pensamiento divino; es verdad, pero también
belleza de lo verdadero.
En consecuencia, "Ingresso
alla bellezza" es una vía maestra para entrar en el misterio del Dios trinitario y encarnado. La belleza es la aparición
de la verdad invisible. Y viceversa, lo indecible de los misterios divinos se manifiesta en el esplendor de la liturgia, del arte,
de la música y de la poesía. Sobre la cubierta del libro hay una pintura de Lorenzo Lotto, con un joven Apolo durmiente
en los confines del arcano, con las Musas que imitan las realidades supremas.
La ilustración en
la parte superior de esta página es, por el contrario, de Baciccia, un pintor del siglo XVII. Es un tema particular, tomado
de los frescos de la cúpula y de la bóveda de la iglesia de Roma dedicada al Santísimo Nombre de Jesús,
teológicamente hablando, precisamente al doble nombre de "Logos" e "Imago". A partir de la visión
de este "sagrado teatro celestial", se abre camino un artículo del autor de "Ingresso alla bellezza",
Enrico Maria Radaelli, publicado en "L'Osservatore
Romano" del 4-5 de febrero de 2008.
El artículo se reproduce
íntegramente más abajo y sintetiza muy eficazmente el espíritu y los contenidos del libro, el cual se desplaza
con total libertad de la teología propiamente dicha a la filosofía, de la Sagrada Escritura a la liturgia, de la
historia a la lingüística y del arte a la música. Memorables son, por ejemplo, las páginas sobre el
pintor Michelangelo da Caravaggio y sobre el músico Claudio Monteverdi.
Radaelli no es un teólogo
académico, ni tampoco ha recibido el Orden Sagrado. No pertenece al claustro docente de las universidades pontificias,
pero es discípulo de uno de los intelectuales más agudos del siglo XX, también él un simple laico
sin cátedra, el suizo Romano Amerio. Uno y otro han dirigido y dirigen críticas severas a las derivaciones secularizantes
de la Iglesia en el último siglo, a las confusiones en el campo del ecumenismo y de las relaciones inter-religiosas, a
las “devastaciones” en el campo litúrgico. Pero ello siempre en obediencia al Magisterio jerárquico
y a la Gran Tradición, sin cuyo soplo – enseña Benedicto XVI – no hay teología católica
digna de este nombre.
En cuanto a la cercanía
entre la enseñanza del Papa Joseph Ratzinger y las tesis de "Ingresso alla bellezza", es revelador cuanto ha
dicho el Papa hace unos días, en el encuentro del 7 de febrero con el clero de Roma.
Al responder a la pregunta
de un sacerdote que es también pintor, Benedicto XVI ha dicho:
"El Antiguo Testamento
prohibía toda imagen y debía prohibirlo en un mundo totalmente impregnado por la divinidad. Ésta vivía
en el gran vacío que también era representado en el interior del templo, donde en contraste con los otros templos,
no había ninguna imagen, sino solamente el trono vacío de la Palabra, la presencia misteriosa del Dios invisible,
no limitado por nuestras imágenes.
"Pero luego este Dios
misterioso [se hace carne en Jesús] aparece con un rostro, con un cuerpo, con una historia humana que, al mismo tiempo,
es una historia divina. Es una historia que continúa en la historia de los santos, de los mártires, de los santos
de la caridad y de la palabra, quienes son siempre explicación y continuación en el Cuerpo de Cristo de su vida
divina y humana, y esa historia nos proporciona las imágenes fundamentales en las que – más allá de
las imágenes superficiales que ocultan la realidad – podemos abrir la mirada hacia la Verdad misma. En este sentido,
me parece excesivo el período iconoclasta posterior al Concilio [Vaticano II], que sin embargo tuvo su sentido, porque
quizás fue necesario liberarse de la superficialidad producida por innumerables imágenes”.
"Ahora volvamos al
conocimiento del Dios que se ha hecho hombre. Como nos dice la Carta a los Efesios, Él es la verdadera imagen. Y en esta
verdadera imagen vemos – más allá de las apariencias que ocultan la verdad – a la Verdad misma: 'Quien
me ve, ve al Padre'. En este sentido, podemos encontrar un arte cristiano y también encontrar las representaciones esenciales
y grandes del misterio de Dios en la tradición iconográfica de la Iglesia. Así podremos redescubrir la imagen
verdadera, [...] la presencia de Dios en la carne".
“cÓMO DESCUBRIR
EN EL eDIFICIO SACRO
EL rOSTRO DEL eTERNO”.
De "L'Osservatore Romano" del 4-5 de febrero de 2008
de Enrico Maria Radaelli
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